Sobre la Doctrina Social de la Iglesia
¿Qué sistema defiende?
Hace unos días, el papa León XIV publicó su primera encíclica, Magnifica Humanitas, la cual ha recibido una notable atención mediática, principalmente por abordar la cuestión de la inteligencia artificial. Sin embargo, como muchos sabréis, esta temática no se trata de manera aislada, sino enmarcada dentro de la Doctrina Social de la Iglesia. Y es que, históricamente, en momentos de profundas transformaciones económicas, sociales o industriales, la Iglesia ha tendido a pronunciarse mediante este tipo de documentos, tratando de ofrecer una orientación moral ante los nuevos desafíos de cada época.
El gran precedente de esta tradición fue León XIII con la célebre Rerum Novarum, publicada en 1891 en pleno contexto de la Revolución Industrial. Considerada la primera gran encíclica social y el texto fundacional de la Doctrina Social moderna de la Iglesia, abordó cuestiones como la situación del trabajador, el papel del capital, la propiedad privada o la justicia social.
Hoy me paso por aquí para compartir una humilde reflexión acerca del hype en torno a la Doctrina Social de la Iglesia (de ahora en adelante, DSI), más que sobre la doctrina en sí misma (Lo de la IA lo dejaré para otro día). Y es que, en un mundo cada vez más polarizado, secularizado y aparentemente roto, son muchos los que buscan un sistema que encaje mejor con la moral católica: un modelo justo y beneficioso para todos. Pero… ¿acaso la Iglesia puede ofrecernos este sistema?
Si bien siempre es oportuno y esperable el pronunciamiento de la Iglesia en el contexto socioeconómico, también conviene señalar que su capacidad de determinación tiene un alcance práctico relativamente limitado, o al menos más reducido de lo que muchos parecen esperar. Dada la propia naturaleza de la institución, este tipo de encíclicas posee inevitablemente un perímetro generalista y orientativo; y aunque es importante que la Iglesia se manifieste y señale las causas injustas, tampoco debemos pretender cruzar los límites de aquello que realmente puede ofrecer.
El problema (como en otros temas) es que siempre que la Iglesia publica algo relativo a doctrina social, muchos tratan de enmarcarlo en su propio ideario político. Lo cierto es que el lenguaje generalista de dichas encíclicas permite fácilmente que cada uno valide sus propios sesgos en ellas. Un ejemplo es la Rerum Novarum, en su momento algunos sectores la revisaron como una especie fundamento para las bases de una “Economía Social”, al margen del capitalismo y el socialismo, como el famoso Distrtibutismo promulgado por nuestros queridos Chesterton y Belloc, que, si bien se abordó de forma muy interesante, se quedó en algo difícil de concretar.
Algunos fragmentos de la Rerum Novarum sobre los que se fundó esta corriente:
De ahí que entre los deberes, ni pocos ni leves, de los gobernantes que velan por el bien del pueblo, se destaca entre los primeros el de defender por igual a todas las clases sociales, observando inviolablemente la justicia llamada distributiva
Ahora bien: lo que más contribuye a la prosperidad de las naciones es la probidad de las costumbres, la recta y ordenada constitución de las familias, la observancia de la religión y de la justicia, las moderadas cargas públicas y su equitativa distribución
Que lo realmente vergonzoso e inhumano es abusar de los hombres como de cosas de lucro y no estimarlos en más que cuanto sus nervios y músculos pueden dar de sí. […] Tampoco debe imponérseles más trabajo del que puedan soportar sus fuerzas, ni de una clase que no esté conforme con su edad y su sexo. Pero entre los primordiales deberes de los patronos se destaca el de dar a cada uno lo que sea justo.
Recordemos que, en la época de la revolución industrial, muchos trabajadores estaban sometidos a condiciones muy duras, mientras que unas pocas empresas comenzaban a adquirir dimensiones nunca antes vistas.
Otros, sin embargo, vieron en su feroz crítica al socialismo y su defensa a la propiedad privada una especie de “libre mercado cristianizado” (lo cual pareciera ser secundado posteriormente por la Centesimus Annus).
Otros fragmentos de la Rerum Novarum:
Luego los socialistas empeoran la situación de los obreros todos, en cuanto tratan de transferir los bienes de los particulares a la comunidad, puesto que, privándolos de la libertad de colocar sus beneficios, con ello mismo los despojan de la esperanza y de la facultad de aumentar los bienes familiares y de procurarse utilidades.
El que Dios haya dado la tierra para usufructuarla y disfrutarla a la totalidad del género humano no puede oponerse en modo alguno a la propiedad privada. Pues se dice que Dios dio la tierra en común al género humano no porque quisiera que su posesión fuera indivisa para todos, sino porque no asignó a nadie la parte que habría de poseer, dejando la delimitación de las posesiones privadas a la industria de los individuos
Sin embargo, estas ventajas no podrán obtenerse sino con la condición de que la propiedad privada no se vea absorbida por la dureza de los tributos e impuestos
Y de la Centesimus Annus:
Da la impresión de que, tanto a nivel de naciones, como de relaciones internacionales, el libre mercado es el instrumento más eficaz para colocar los recursos y responder eficazmente a las necesidades.
¿se puede decir quizá que, después del fracaso del comunismo, el sistema vencedor sea el capitalismo, y que hacia él estén dirigidos los esfuerzos de los países que tratan de reconstruir su economía y su sociedad? ¿Es quizá éste el modelo que es necesario proponer a los países del Tercer Mundo, que buscan la vía del verdadero progreso económico y civil?
La respuesta obviamente es compleja. Si por «capitalismo» se entiende un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa, del mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para con los medios de producción, de la libre creatividad humana en el sector de la economía, la respuesta ciertamente es positiva, aunque quizá sería más apropiado hablar de «economía de empresa», «economía de mercado», o simplemente de «economía libre».
En ambos casos hablamos de ideas no necesariamente opuestas, pues las dos propuestas abogaban por un modelo que facilitara la distribución de la propiedad entre muchos en vez de que esta permanecieran en manos de unos pocos, ya fueren grandes corporaciones o el estado. No obstante, estas dos alternativas terminarían, de nuevo, en soluciones abstractas que permitirían anclarse en posiciones muy cómodas a quienes buscaran la aprobación de sus ideas en la DSI.
Es importante entender, por lo tanto, que la intención de la Iglesia no es estipular en ningún caso un sistema político (aunque pueda criticar casos extremos y tiránicos). La Iglesia simplemente parte de la situación actual, de las formas organizativas y de las estructuras de poder asentadas, y trata de orientarlas hacia una visión cristiana. Puede criticar escenarios de precariedad o peligro, pero no dará la solución directa a estas. Es decir, lo que no va a hacer es declarar cosas tales como que es mejor un reino monárquico que una democracia parlamentaria, o que un sistema de pensiones está mal conceptualizado; tampoco nos ofrecerá una alternativa al sistema de asignación de precios por oferta y demanda. La encíclica aterriza en nuestro mundo, sin entrar en matices ni en las complicaciones específicas que afronta cada Estado, y nos recuerda que la moral cristiana debe seguir vigente en todas nuestras actividades políticas y económicas.
Por otro lado, cabe resaltar que el carácter orientativo de la DSI otorga a la Iglesia la licencia de utilizar términos y expresiones conceptuales, como pueden ser el bien común o la justicia social, términos que en el contexto de, por ejemplo, un análisis jurídico o económico, serían vacuos dado el amplio sentido interpretativo que pueden llegar a tener. Sin embargo, como digo, en este contexto son plenamente válidos y útiles para orientarnos hacia el bien que debemos concretar nosotros mismos en nuestra actividad pública. El uso de estas expresiones no debe servir, nuevamente, para que nosotros mismos proyectemos en ellas aquello que consideremos más oportuno dadas nuestras inclinaciones.
Por lo tanto, la DSI, ante todo, trata de interpelarnos a cada uno de nosotros, porque la Iglesia siempre nos habla a cada persona: al individuo, al trabajador, al empresario o al político. Si está en manos de uno mismo fijar el salario de alguien, la Iglesia enseña a hacerlo justamente, pero dicha enseñanza debe aplicarse en el contexto de la situación social y personal en la que cada cual se encuentre inmerso, como es lógico. De la misma forma, si alguien ostenta un cargo de gobierno, la Iglesia le interpela para que sirva a su pueblo de manera justa y en búsqueda del bien, aunque en muchos casos su margen de maniobra será limitado y estará sujeto a una estructura de partido.
Así pues, al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.
Finalmente y después de dejar más o menos clara mi opinión, cierro esto dejando algunos de los puntos que me han parecido interesantes de la última encíclica del Papa León XIV:
Doctrina Social
En la misma línea, he reiterado que la Iglesia «no quiere levantar la bandera de la posesión de la verdad», [17] porque la verdad no es un territorio que hay que defender, sino un bien que hay que compartir.
En esta perspectiva, san Pablo VI reconocía que, dada la gran variedad de situaciones históricas, no es realista pensar que la Doctrina social pueda «pronunciar una palabra única», [21] una respuesta exclusiva y válida para todos los contextos; por eso invitaba a cada comunidad cristiana a leer con lucidez y responsabilidad la realidad de su propio país. La tensión fecunda entre la universalidad de la misión y el arraigo local forma parte íntima de la vida de la Iglesia: ella lleva en su aliento el horizonte del mundo entero, pero asume las preguntas de cada contexto como el lugar real en el que el Evangelio cobra vida.
Por eso, cuando la dignidad de los hermanos se ve desfigurada, cuando la política no responde a los dramas de la humanidad, cuando la economía se vuelve contra la persona o la ciencia traspasa los límites de su método, [22] la Iglesia —junto con las demás confesiones cristianas y los creyentes de otras religiones— debe hacer oír su voz no para dominar, sino para servir a la comunión. Entendida así, la Doctrina social se convierte en una teología de la comunión a; un lugar en el que la Palabra, hecha carne, sigue convirtiéndose en diálogo, memoria y profecía.
39. En el centenario de Rerum novarum, la Encíclica Centesimus annus ofrece, por último, una reflexión sobre el colapso del sistema soviético y el afianzamiento de la democracia y la economía de mercado. San Juan Pablo II retoma el mensaje de Pío XII según el cual la Iglesia puede valorar la democracia en la medida en que garantiza la participación efectiva de los ciudadanos, permite elegir y sustituir pacíficamente a los gobernantes e impide que el poder sea monopolizado por élites reducidas movidas por intereses particulares o ideológicos. [40] Del mismo modo, reconoce el potencial positivo del mercado y de la iniciativa privada sólo si se mantienen subordinados a la ley moral y guiados por el principio de solidaridad, sin sacrificar a los más débiles en aras de la lógica del lucro. [41] Para la Doctrina social de la Iglesia esto supone un legado de especial actualidad: la afirmación del vínculo entre la dignidad del trabajo, la solidaridad entre los pueblos y la evaluación crítica de la democracia y la economía de mercado sigue ofreciendo criterios para juzgar las nuevas formas de explotación, exclusión y crisis de la representación política.
Una lectura de la historia a la luz de la fe
45. Al contemplar este recorrido en su conjunto, se comprende que la Doctrina social de la Iglesia no es fruto de un proyecto elaborado en un escritorio, sino el resultado de un proceso paciente, en el que cada Pontífice —junto con el Concilio Vaticano II— ha aportado una contribución original a la luz de los “nuevos asuntos” de su tiempo. Cada uno, asumiendo los retos de su época e interpretando los cambios históricos a la luz del Evangelio, ha puesto de relieve diferentes aspectos de un patrimonio único: la dignidad de la persona, el valor del trabajo, el destino universal de los bienes, la solidaridad y la subsidiariedad, el cuidado de la creación, la centralidad de la paz y la fraternidad.
La solidaridad nace precisamente cuando decidimos no permanecer indiferentes frente a aquello que le sucede a nuestro prójimo y transformamos vínculos inevitables —económicos, culturales y tecnológicos— en itinerarios de intercambio, de cooperación y de cuidado mutuo, aprendiendo a «pensar y actuar en términos de comunidad».
La Inteligencia Artificial
Las inteligencias artificiales modernas están más “cultivadas” que “construidas”: los desarrolladores no diseñan directamente cada detalle, sino que crean una arquitectura sobre la cual la IA “crece”.
Estos sistemas imitan ciertas funciones de la inteligencia humana. Al hacerlo, a menudo la superan en velocidad y amplitud de cálculo, ofreciendo beneficios concretos en numerosos campos. Y, sin embargo, esta potencia sigue ligada exclusivamente al tratamiento de datos: las denominadas inteligencias artificiales no viven una experiencia, no poseen un cuerpo, no pasan por la alegría y el dolor, no maduran en las relaciones ni conocen desde dentro lo que significan el amor, el trabajo, la amistad y la responsabilidad. Tampoco tienen una conciencia moral: no juzgan el bien y el mal, no captan el sentido último de las situaciones ni asumen el peso de las consecuencias. Pueden imitar lenguajes, comportamientos, valoraciones; pueden simular empatía o comprensión, pero no conocen lo que producen, porque no residen en el horizonte afectivo, relacional y espiritual en el que el ser humano se vuelve sabio. Incluso cuando dichos instrumentos se presentan como capaces de “aprender”, lo hacen de modo diferente al de la persona humana. No es la experiencia de quien se deja modelar por la vida y crece en el tiempo por medio de decisiones, errores, perdón y fidelidad; es más bien una adaptación estadística a partir de datos y retroalimentaciones, que puede ser muy eficaz, pero no implica un crecimiento interior.
La velocidad y la sencillez con la que es posible obtener indicaciones, elaboraciones complejas, contenidos mediáticos y formas de asistencia concreta simplifican nuestras vidas, pero también pueden acostumbrarnos a delegar demasiado y a buscar respuestas rápidas, debilitando el juicio personal y la creatividad. La impresión de objetividad que las respuestas y las propuestas de estos sistemas pueden suscitar, corre el riesgo de hacernos olvidar que estas reflejan los parámetros culturales de quienes las han proyectado y adiestrado, con todas sus virtudes y defectos.
De esto se deriva una consecuencia sencilla pero apremiante: no podemos considerar a la IA como moralmente neutra. En realidad, todo artefacto técnico lleva consigo decisiones y prioridades: lo que mide, lo que ignora, lo que optimiza y el modo en que clasifica personas y situaciones.
En los últimos años, la literatura psicológica y psiquiátrica ha documentado con creciente insistencia cómo una exposición precoz y sin supervisión a los dispositivos digitales y a las redes sociales puede afectar negativamente al sueño, a la atención, a la regulación emocional y a las relaciones, especialmente en las edades más vulnerables, con consecuencias a veces dramáticas.
l tercer gran desafío es de carácter intelectual y sapiencial. Si no estamos atentos, puede surgir un sistema educativo carente de amor por la verdad, en el que el flujo incesante de información sustituya al ejercicio de la investigación, la reflexión y el discernimiento. Se multiplican los conocimientos fragmentarios, pero se hace más difícil captar la realidad en su conjunto, plantear preguntas sobre el sentido de las cosas y desarrollar un auténtico pensamiento crítico y creativo.
Por estas razones, el trabajo no es un simple instrumento, sino que expresa y acrecienta la dignidad de nuestra vida. Es una necesidad inherente a la condición humana, un camino habitual hacia la madurez, el desarrollo y la realización personal. En esta óptica, las ayudas económicas a los pobres siguen siendo a veces necesarias en situaciones de emergencia, pero no pueden convertirse en la única respuesta, ya que el objetivo es ofrecer a cada persona las condiciones para vivir dignamente a través de su propio trabajo.
Sobre la familia
165. La familia es un bien social primario. Fundada en la unión estable entre un hombre y una mujer, es el primer entorno en el que cada persona desarrolla su potencial, toma conciencia de su dignidad y aprende las primeras formas de verdad y bondad, interiorizando hábitos que la preparan para la vida en sociedad. [166]La familia, la primera sociedad natural, dotada de derechos originales, es la célula fundamental e insustituible de toda organización comunitaria. [167]En consecuencia, cuando los proyectos políticos y las decisiones económicas importantes la relegan a un papel marginal o secundario, se compromete el crecimiento auténtico de todo el cuerpo social.
Sobre la guerra
191. También asistimos a una preocupante pérdida de la memoria histórica. La desaparición gradual de los testimonios directos del Holocausto y de las dos guerras mundiales facilita la reescritura selectiva o distorsionada del pasado, en un clima en el que las noticias falsas y las manipulaciones narrativas empañan las lecciones aprendidas
Detrás de todo esto se esconde un falso “realismo”, basado no sólo en la lógica arraigada de la fuerza, sino también en una convicción cultural y antropológica, como si la guerra fuera inevitablemente parte de la naturaleza humana. Siempre ha sido así —se dice— salvo breves paréntesis, ¡y así será siempre! Por lo tanto, el problema ya no es la paz, perdida como referencia en el horizonte internacional, sino cómo y cuándo actuar militarmente, mientras se sostiene que sería irresponsable no prepararse para el enfrentamiento
Realismo y Tolkien
213. Un escritor católico del siglo XX, John Ronald Reuel Tolkien, por boca de uno de los protagonistas de una de sus novelas, describió así nuestra responsabilidad: «No nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino hacer lo que está en nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir, extirpando el mal en los campos que conocemos, y dejando a los que vendrán después una tierra limpia para la labranza». [187] La civilización del amor no nace de un gesto único y espectacular, sino de una suma de fidelidades pequeñas y tenaces, que hacen frente a la deshumanización. Por eso vale la pena detenerse y considerar algunos aspectos de cómo, cada uno en su ámbito, podemos colaborar en su construcción. Sin pretender agotar el tema, propongo cinco vías de responsabilidad cotidiana y pública: desarmar las palabras, construir la paz en la justicia, asumir la mirada de las víctimas, cultivar un sano realismo y relanzar el diálogo y el multilateralismo.
218. Necesitamos un sano realismo, que evite tanto el idealismo político como el cinismo. De hecho, existe un idealismo que, para salvar su propia visión del mundo, selecciona los hechos, los manipula, los renombra y termina habitando una realidad construida a la medida de sus propias convicciones. Por otro lado, existe también un realismo degradado que confunde la constatación con la resignación: dado que la fuerza domina, concluye que debe dominar. El realismo auténtico no renuncia a cambiar el mundo: comienza por ver con claridad los intereses, los miedos, las limitaciones y las relaciones de poder, precisamente para calcular qué es posible lograr y con qué pasos. No reduce la política a la moralidad, pero tampoco la entrega a la violencia: busca modos viables para que la paz sea más que una palabra, es decir, instituciones creíbles, garantías verificables, negociaciones pacientes, prevención de conflictos y protección de los civiles.


