La llave verdadera | G.K. Chesterton
Fragmento de Ortodoxia
El verdadero problema de nuestro mundo no consiste en que sea irracional, ni siquiera en que sea racional. El problema más frecuente es que es casi racional, pero no del todo. La vida no es un disparate ilógico; y, sin embargo, constituye una trampa para los lógicos. Parece un poco más matemática y regular de lo que realmente es. Su exactitud salta a la vista; su inexactitud, en cambio, permanece oculta. Su elemento salvaje está siempre al acecho.
Pondré un ejemplo sencillo de lo que quiero decir. Imaginemos que una criatura matemática llegada de la Luna se propusiera estudiar el cuerpo humano. Advertiría enseguida que su característica esencial es la simetría. Un hombre es, por así decirlo, dos hombres: el lado derecho reproduce casi exactamente al izquierdo. Después de observar que hay un brazo a la derecha y otro a la izquierda, una pierna a la derecha y otra a la izquierda, seguiría comprobando que ambos lados tienen el mismo número de dedos de la mano y del pie, dos ojos, dos orejas, dos fosas nasales e incluso los dos hemisferios del cerebro. Acabaría por elevar todo ello a la categoría de ley; y, al encontrar un corazón en un lado, concluiría que necesariamente debe haber otro en el lado opuesto. Precisamente en el instante en que más seguro estuviera de haber dado con la verdad, estaría equivocado.
Es ese silencioso desvío de la exactitud, de apenas una pulgada, lo que constituye el elemento inquietante de todas las cosas. Es como una secreta traición del universo. Una manzana o una naranja son lo bastante redondas para que las llamemos redondas y, sin embargo, no lo son del todo. La propia Tierra tiene forma de naranja, casi como si quisiera tentar a algún astrónomo ingenuo a llamarla esfera. [...] En todas las cosas hay un elemento discreto e imprevisible. Los racionalistas no llegan a advertirlo... hasta el último instante. A partir de la gran curvatura de la Tierra sería fácil inferir que cada uno de sus centímetros presenta esa misma curvatura. Parecería igualmente razonable pensar que, así como el hombre posee cerebro a ambos lados, también debería tener un corazón a ambos lados. Sin embargo, los hombres de ciencia siguen organizando expediciones para encontrar el Polo Norte, como si sintieran una especial predilección por las superficies planas. Y también siguen organizando expediciones para encontrar el corazón del hombre; y, cuando se ponen a buscarlo, casi siempre lo hacen por el lado equivocado.
Ahora bien, la verdadera perspicacia, la auténtica inspiración, se pone a prueba por su capacidad para adivinar esas deformidades ocultas, esas sorpresas que la realidad esconde. Si nuestro matemático venido de la Luna viera los dos brazos y las dos orejas, podría deducir sin dificultad los dos omóplatos y los dos hemisferios del cerebro. Pero si adivinara que el corazón del hombre está exactamente donde está, entonces yo diría que es algo más que un matemático.
Pues bien, eso es precisamente lo que, con el tiempo, he llegado a sostener acerca del cristianismo. No solo que deduce correctamente las verdades lógicas, sino que, cuando de pronto parece apartarse de la lógica, es porque ha descubierto, por así decirlo, una verdad que también escapa a la lógica. No solo acierta acerca de las cosas; también «se equivoca», si puede decirse así, precisamente allí donde las propias cosas dejan de seguir la regla. Su esquema se ajusta a las irregularidades secretas de la realidad y sabe esperar lo inesperado. Es sencillo cuando la verdad es sencilla; pero se muestra inflexible cuando la verdad es sutil. Admitirá sin reparos que el hombre tiene dos manos; pero no admitirá, por mucho que los modernistas se lamenten de ello, la deducción, tan aparentemente obvia, de que también tiene dos corazones.
Ese es el único propósito de este capítulo: mostrar que, siempre que encontramos algo extraño en la teología cristiana, lo más probable es que también haya algo extraño en la verdad misma.
He aludido ya a esa frase vacía según la cual tal o cual credo ya no puede creerse en nuestra época. Naturalmente, cualquier cosa puede creerse en cualquier época. Sin embargo, y por extraño que parezca, existe un sentido muy real en el que un credo, si verdaderamente se cree, puede abrazarse con más firmeza en una sociedad compleja que en una sociedad sencilla.
Si un hombre descubre que el cristianismo es verdadero en Birmingham, tiene razones para creer más claras que si lo hubiera descubierto en la antigua Mercia. Porque cuanto más complicada parece una coincidencia, menos probable resulta que sea mera coincidencia. Si los copos de nieve cayeran con la forma, pongamos por caso, del corazón de Midlothian, podría atribuirse al azar. Pero si cayeran reproduciendo exactamente el laberinto de Hampton Court, creo que habría que llamarlo un milagro.
Así es, precisamente, como he acabado contemplando la filosofía del cristianismo. La complejidad del mundo moderno demuestra la verdad del credo con mayor fuerza que cualquiera de los problemas sencillos de las épocas de fe. Fue en Notting Hill y en Battersea donde comencé a comprender que el cristianismo era verdadero.
Por eso la fe posee esa riqueza de doctrinas y de matices que tanto desconcierta a quienes admiran el cristianismo sin llegar a creer en él. Una vez que se cree en un credo, uno se enorgullece de su complejidad, del mismo modo que el hombre de ciencia se enorgullece de la complejidad de la ciencia. Esa complejidad da testimonio de la abundancia de sus descubrimientos. Si realmente tiene razón, constituye un elogio decir que tiene razón de un modo minucioso y elaborado.
Un palo puede encajar por casualidad en un agujero, o una piedra en una cavidad. Pero una llave y una cerradura son, ambas, objetos complejos. Y cuando una llave abre una cerradura, uno sabe que esa es la llave verdadera.


