En los últimos siglos, la humanidad ha presenciado toda clase de milagros que, gracias a la documentación y a los medios de comunicación a los que han estado expuestos, siguen siendo motivo de devoción, conversión y debate a día de hoy. Apariciones marianas, milagros eucarísticos, curaciones, estigmas, profecías, etc., son algunos ejemplos de fenómenos que han despertado el interés y la fe de millones de personas.
Se trata de un tema que, si bien resulta muy interesante, también requiere de mucha cautela. Debemos tener en cuenta cuál es la última palabra de la Iglesia respecto a estos fenómenos y, sobre todo, cómo debemos apreciarlos y situarlos dentro de nuestra vida de fe. Si bien pueden tener un valor importante como ayuda para fortalecer nuestra fe, debemos procurar que no terminen convirtiéndose en una especie de justificación o prueba de la misma. La fe cristiana no debe depender de la existencia de estos fenómenos extraordinarios.
Pero la gran pregunta que surge ante estos acontecimientos es: si Dios permite que sucedan fenómenos extraordinarios y la propia Iglesia los aprueba, ¿tenemos obligación de creer en ellos?
La respuesta corta, como muchos sabéis, es: No. Pero aquí hay que tener en cuenta algunos matices.
Los miembros de la Iglesia católica tenemos la obligación de creer en el depósito de la fe que la Iglesia custodia y transmite. En lo que se refiere a los milagros, esto incluye, de manera general, aquellos acontecimientos sobrenaturales vinculados a la Revelación pública: desde la concepción de Jesús hasta la muerte del último de los apóstoles. Estos acontecimientos forman parte de la fe que la Iglesia propone como definitiva.
Entonces, ¿significa esto que estamos completamente libres de creer en el resto de milagros y fenómenos extraordinarios? (es decir, las revelaciones privadas). No necesariamente. Que algo no sea depósito de la fe no significa que no tenga buenos motivos para exigirnos la responsabilidad de creerlo.
El apologeta católico Ethan Muse suele utilizar un ejemplo bastante ilustrativo para explicar esta distinción. Imaginemos que un policía nos advierte de que tengamos cuidado de nuestra familia porque hay un individuo peligroso rondando por nuestra zona. Esa afirmación no forma parte del depósito de la fe de la Iglesia y, sin embargo, esto no nos exime de la responsabilidad de confiar en ese policía. Sería absurdo pensar que, como no se trata de una verdad de fe, podemos simplemente ignorar su advertencia. El testimonio humano no es baladí.
Con los fenómenos sobrenaturales reconocidos por la Iglesia sucede algo, salvando las distancias, parecido. Si la Iglesia reconoce, por ejemplo, la autenticidad de las apariciones de Fátima, esto no significa que sus mensajes pasen a formar parte del depósito de la fe ni que un católico esté obligado a creer en ellos con fe divina. Sin embargo, sí constituye un motivo serio para prestarles especial atención, y más teniendo en cuenta todos los medios que tenemos a nuestra alcance para conocer el caso. Si realmente Dios está permitiendo que sucedan, es por alguna razón de peso (como todo lo que hace).
Además, si en esas apariciones se nos invita a prácticas que, en sí mismas, son plenamente coherentes con la fe católica, como la penitencia, la oración o el rezo diario del Rosario, podemos, como mínimo, sospechar que pueden ayudarnos en nuestro camino de salvación. Quizás no son una práctica obligatoria, pero sí pueden ser un guiño de la madre del buen consejo.
En definitiva, no estamos obligados a creer en las apariciones de Fátima como creemos en la resurrección de Cristo, pero tampoco sería razonable tratarlas como si fueran simplemente una anécdota curiosa. Cuando la Iglesia reconoce un fenómeno como digno de crédito, tenemos buenas razones para tomarlo en serio, siempre manteniendo la distinción entre la Revelación pública, que obliga a todos los católicos, y las revelaciones privadas, que pueden ayudar a vivir más plenamente la fe, pero no la completan ni la sustituyen.


